jueves, 18 de agosto de 2022

LA CONJETURA

Lo que no se dice.

¿Qué puertas abre lo  que no se dice? Más que puertas, abismos.

Pero ¿y la libertad? La libertad de no decir lo que no se dice.

¿Qué clase de intento de colonización es La Conjetura que pretende poner palabras a lo que no se dijo? Corromper la libertad del silencio, o de las palabras ocultas, las no nacidas, las sólo gestadas.

La Conjetura se abre camino en un intento por saber lo que no debe ser sabido, lo que no quiere ser sabido, lo que pertenece al terreno de lo íntimo constantemente vulnerado.

Y no deja de hacerlo. Es implacable en su perseverancia. Incisiva y mortal. Mortal porque mata la verdad hasta desconfigurarla.

No te queremos Conjetura.

Si no te importa, te puedes ir yendo ya.

jueves, 5 de mayo de 2022

PENSAR UN JARRÓN

 Se sienta en un café queriendo bajar a tierra. 

Ya lleva un cuarto de hora sentada y recién se da cuenta: las flores secas del jarrón son hermosas.

Ha decidido escribir "recién" y "hermosas" porque lleva casi cuatro años viviendo en Argentina y le sale natural, pero es curioso, le da miedo escribirlo, muchos se ofenderían si la escuchasen utilizar esas palabras: muchos de aquí y muchos de allí; muchos de acá y muchos de allá.

En cualquier caso las flores son bonitas, son hermosas, un equilibrio perfecto entre flores secas naturales y flores secas artificiales, o puede que sean flores pintadas.

Antes de ponerse a escribir estaba pensando en otra cosa y no ha visto las flores. Bueno, en realidad, se estaba dejando pensar por ¿otra cosa? Sí, puede que esa afirmación sea más acertada porque, no era ella la que pensaba hace un rato. Algo/alguien la estaba pensando y la estaba llevando adonde siempre, adonde no quería, a pensar y pensarse sin parar y entonces... Entonces sí, ella, y no lo que fuere, ha pensado que si iba a pensar, iba a ser ella quien lo hiciera y que, además, no era pensar lo que quería, quería escribir, y no escribir sobre lo que estaba pensando. Y es ahí donde, como si lo acabasen de plantar delante de su nariz, ha aparecido el jarrón.

No es algo nuevo, le pasa a menudo, podríamos decir que ella vive así. Se vive pensando. Y no "se vive pensando" en el sentido en que se entendería en Argentina, sino en el más puro sentido de vivirse: vivir-se: a se.

Por eso, en  el momento que se ha dado cuenta, porque ahora sí, ahora se da cuenta, ha bajado la mirada de sus pensamientos hasta la mesa y se ha topado con el jarrón, el jarrón que siempre estuvo ahí, o pareciera haber estado porque, ella no podía asegurarlo, en realidad nunca lo vio.

Quizás hubiera sido necesario tropezar con él, cometer la torpeza de tirarlo con el bolso y romperlo para darse cuenta de su existencia. Sí, eso también le sucede a menudo. A menudo no ve las cosas hasta que se rompen o tropieza accidentalmente con ellas en algún sentido, con alguno de los sentidos.

Y ya va siendo hora, piensa, ya va siendo hora de ir cerrando toda esta cuestión del jarrón. Ya la hizo palabra, ya le dio existencia. Ahora queda beber el café que hace un rato espera sobre la mesa y procurar, de camino a casa, no andar por encima de las cosas, no ser pensada de nuevo por lo que sea que le dice "hay que ver cómo te cuesta cerrar los textos", procurar volver mirando lo que está delante y no otra cosa, cosa de no tropezar.



martes, 22 de junio de 2021

OTRA VEZ ESTE INVIERNO


 Otra vez aquí este invierno,

este día clave en que las tripas dan un giro en seco y para adentro,

 y el mundo  afuera se borra,

o se va.


Adoro y no aguanto este invierno

con toda su dulzura blanca y helada.

 

Me fastidian y me acomodo en sus sábanas

pálidas,

de invierno.

 

Otra vez...

Otra vez aquí este maldito invierno sin nada y con todo para dar.

Sin hojas, pero con savia, 

sin frutas, pero con raíces para ahondar en la oscuridad.


Otra vez aquí este invierno, 

este maldito invierno de manta desesperada,

de chocolate a rabiar, 

de no parar de dormir,

de no querer salir de la cama.


Otra vez...

 

Otra vez invierno...

 

Dulce,

amargo,

terrible,

comestible,

odiado y adorado, pero sobre todo maldito y bendito

invierno...

                     invierno...

                                          invierno...

otra vez...




sábado, 22 de mayo de 2021

IMPRESA

Tu impresión era que debías imprimirte para que te vieran.

Ya con tres años agarraste un lápiz de color y te grabaste en el papel. La gente quedó impresionada con tu dibujo y eso lo recuerdas bien, aunque en ese momento no distinguías, ni se te pasaba por la cabeza pensar, en primer lugar y, después, “pensar que”, aquello podía ser tan extremo, o tan importante.

Pero lo era.

No te diste cuenta que aquel día aprendiste que existías sólo por lo que hacías y sólo por lo que hacías bien, con excelencia.

Sería mucho decir que varias líneas y unos puntos desordenados eran la excelencia, pero parecieron serlo cuando con sólo tres años todos quedaron impresionados con aquel dibujo.

En ese momento lo fueron, aunque tú no te diras cuenta y olvidaras, años después, que dibujando líneas y puntos desordenados de colores eras “excelente”.

 

Tu alma se volvacaba en los papeles en blanco. Eso no lo sabías, pero ahora lo sabes, y sigues sin saber por qué los abandonaste.

Por aquel entonces no te importaba ser tan buena, ni si quiera era algo consciente, es más, te escondías entre las patas de tu madre cuando alguien llegaba para decirte lo linda que podías llegar a ser, ni hablar de lo que eras capaz si hablaban de tus dibujos.

Pero algo quedó, porque hoy no puedes dejar de cazar esos likes. Sientes que la necesidad de complacer forma parte de tu disco duro interior y no ves la manera de sacarte esa mierda de encima.

Recuerdas aquel estuche gigante de rotuladores que además tenía sellos que imprimían animales. La tinta siempre se secaba y sólo podías usarlos durante dos días después de abrir la cajita. Recuerdas un caracaol. También había un caracol dibujado en el estuche. Y recuerdas cómo querías que algún día te comprasen el maletín de dos pisos, el que tenía muchos muchos lápices y muchos muchos colores. No te gustaba sacarles punta y que se gastaran, y sufrías mucho cuando veías que el verde o el amarillo eran muchos más pequeños que los demás. Pero por aquel entonces no te juzgabas, sólo sufrías, ahora sufres y te juzgas por igual.

 

Entonces no querías que te vieran y eso no ha cambiado. Juegas a la invisibilidad para seguir impresa, quieres seguir imprimiéndote en las hojas, como sea, en la vida, de cualquier manera, dejar tu rastro, como el caracol, expresar lo que te toque en el día, derramando tu tinta, o tu baba,  o tus palabras, pero que no se te vea, que a ti no se te vea, por favor, no, nunca, nunca así de expuesta.

 


miércoles, 3 de marzo de 2021

Un culo en París

 Hoy volví a soñar con él.

No sé cuando fue la última vez que lo vi, pero de noche me visita seguido.

Esta vez me tocaba el culo. Sí. No suena romántico. Nada que ver con lo que vivimos allí, pero el sueño era así: él me tocaba el culo y me preguntaba a ver si lo tenía como en París.

No sé, muy raro, porque él nunca me había tocado el culo en París.

El caso es que yo muy naturalmente le contesto que no, que claro que no, como si fuera algo evidente, pero al momento me arrepiento y le digo que sí, que claro que sí. 

Siento su mano rozar mi nalga izquierda y entiendo por qué le he respondido así.

Agarro con mi mano tres de sus dedos y todo lo que hace tanto pasó se apodera de mí.

El sueño termina ahí, 

igual que todos las noches,

el sueño termina en París.

sábado, 14 de noviembre de 2020

Y sueñas la madrugada del 14 de noviembre

 Algunos días, más o menos uno de cada 156, te levantas entregada a lo que pasó, lo que pasó durante esa noche. No puedes describir el horror.

Alguien os perseguía a tu amiga y a ti. No sabes quién era tu amiga, pero su cara era la de una compañera de 3º de la E.S.O con la que a veces volvías a casa.

Puede que fueran varios los que os perseguían, y llevaban armas. Algunas ametralladoras por lo que recuerdas, aunque nunca escuchaste un disparo.

En un momento dado os subís a un coche gris y las balas que nunca esuchastéis os alcanzan. Puedes ver su sangre en la cara de tu amiga y por un momento piensas que a ti no te han dado.

Arrancas el coche aunque no sabes conducir y la huida comienza. 

Ahora sí, ahora estás segura de que la bala ha penetrado por tu sien izquierda. Sientes una gota de sangre correr por tu mejilla y un dolor punzante adentro de la cabeza. Un pánico asfixiante comprime tu caja torácica y de pronto te ves corriendo junto a tu amiga colina arriba. Habéis decidido que correr os va salvar más que ese pedazo de hojalta en el que os habéis metido.

Todavía os persiguen, pero tu mayor preocupación es que llevas una bala incrustada en el cráneo y no sabes qué es lo que a partir de ahora puede pasar.

Dudas.

La sangre no corre ya por tu mejilla y no puedes identificar un orificio de entrada. Has perdido a tu amiga y la cabeza te va a reventar. Debes ir a un hospital. No vacilas. Corres. 

Sigues corriendo aunque ya no huyes, sólo te quieres salvar, quieres sobrevivir a esa punzada que martiriza tu cerebro y te impide respirar.

Es entonces cuando te subes a un taxi y pides que te lleve lo más rápido posible a un hospital, que te dispararon en la cabeza, que es urgente que alguien te vea, necesitas ayuda.

El taxista te mira con calma y en el asiento del copiloto lo acompaña la sombra de Borges. No se da vuelta, no habla, pero es él, bueno, su sombra, que apoya las manos sobre un bastón. Nunca leíste nada en serio de Borges, igual es por eso que ni se molesta en mirarte a la cara.

La sombra de Borges no te produce nada. Está ahí y la identificas, nada más. Sin embargo, el taxista sí que te molesta, te habla, más bien, te incomoda. Que no tienes ninguna herida, que no, no hay sangre, no hay nada.

Su charla te irrita, aunque no podrías decir que él te caiga mal. Lo toleras, pero no puedes escuchar sus palabras porque cada una de ellas hace que la cabeza de duela más y más.

Sientes una daga atravesándote de sien a sien queriendo abrirte la tapa de los sesos. 

Si no era una bala, ¿entonces qué?

No te importa, le dices, no te importa si sangras o estás loca, necesitas ir a un hospital, necesitas ayuda, si no es de un neurocirujano, entonces de un psiquiatra, pero alguien debe hacer algo para que esta herida mortal te dé una tregua.

El miedo te empapa. El pánico no te deja respirar. No sabes si llegaste al hospital. Sólo despiertas. La cabeza te va a estallar.

miércoles, 16 de septiembre de 2020

16 de setiembre en el patio

Miércoles 16 de Setiembre de 2020 

 

Aquí estoy,  bajo el naranjo del patio. 

Huele a azahar, por fin huele a azahar, huele tanto a azahar que se me seca la nariz de tanto querer inspirarlo. 

¡Ah! Que no tengo nariz. No importa, tampoco tengo un diario, ni el bolígrafo con el que escribirlo, nibueno tampoco estoy bajo el naranjo, sino sobre una  de sus ramas 

La recorro de un lado a otro y por ahí, cambio de dirección sin sentido alguno. 

A ella le extraña que haga eso, a ella que que está bajo el naranjo, ensimismada en su olor y el zumbido del millón de abejas que han venido a degustarlo. 

Hoy se me ha quedado mirando, otras veces pasa por el patio sin percibir que existo, pero se ve que el olor del naranjo en flor le ha dado el alto por el tiempo suficiente como para fijarse en mi cuerpecillo. 

Me gusta imaginar que escribo su diario y adivinar que hoy hablará de y mi paseo por este árbol. 

Ahora que me ve, ahora que sabe existo, los habitantes del mundo sabrán que en su jardín, pasea graciosa entre el barullo de las abejas y los frutales , una promesa de la literatura sobre patios, una  nobel escritora en forma de vaquita de San Antonio.