jueves, 10 de noviembre de 2022

Treinta minutos de verdad

 

Es la primera media hora en mucho tiempo.

Ayer hubo muchas medias horas, pero otra clase de tiempo ocupaba su lugar. 

El tiempo invadido, 

o el que invade, 

el tiempo sin espacio. 

Ese tiempo tan odioso que nunca es tiempo.

Hoy por fin llegó esta media hora y me siento aliviada.

Treinta minutos de verdad en medio de tantas horas seguidas de nada.

lunes, 19 de septiembre de 2022

Nada que transmutar

 Me cansé de mí.

Esta mañana, antes de meterme en la ducha, me sorprendí a mí misma buscando un hilo de monólogo interior perdido. Mi último gran tema, la gran protegonista de mis obsesiones, se había esfumado y yo, detrás de ella, como una imbécil, a la caza de la tortura perdida.

Me siento a escribir y me doy cuenta de que hoy no tengo nada que transmutar. Que algunos traumas se cansaron de mí y decidieron volar para mi alivio, o mi desesperación, porque:

 ¿Qué hago yo ahora sin mis greatest hits dando vueltas? ¿Cómo relleno ese espacio? ¡Oh Dios! ¿Debería empezar a hablar de otra cosa? ¿Contarme otra historia? Y, ¿Qué pasa si me encuentro con la nada misma? Todo lo no vivido ahí, ahí mismo, explotándome en la cara un lunes por la mañana.

Qué angustia, qué angustia no tener nada qué transmutar. Sentarme a esperar que llegue la hora del siguiente alumno, beber un juguito de fruta natural repasando los modelitos de luto del funeral de la Reina en la Vanity Fair. ¡Oh qué mal! ¡Qué mal todo! Debería estar sufriendo con algo, preocupada por mi última gran cagada, acojonada por algo que me me esté por pasar, o me pueda pasar o pueda imaginar que podría llegar a pasarme.

Pero no, aquí estoy, lunes por la mañana sin nada que transmutar. Perdida en la sensación de inexistencia que da no enganchar un solo pensamiento autorreferencial con el que pegarme un buen revolcón.

Qué tristeza, qué vergüenza, no tengo perdón.

jueves, 18 de agosto de 2022

LA CONJETURA

Lo que no se dice.

¿Qué puertas abre lo  que no se dice? Más que puertas, abismos.

Pero ¿y la libertad? La libertad de no decir lo que no se dice.

¿Qué clase de intento de colonización es La Conjetura que pretende poner palabras a lo que no se dijo? Corromper la libertad del silencio, o de las palabras ocultas, las no nacidas, las sólo gestadas.

La Conjetura se abre camino en un intento por saber lo que no debe ser sabido, lo que no quiere ser sabido, lo que pertenece al terreno de lo íntimo constantemente vulnerado.

Y no deja de hacerlo. Es implacable en su perseverancia. Incisiva y mortal. Mortal porque mata la verdad hasta desconfigurarla.

No te queremos Conjetura.

Si no te importa, te puedes ir yendo ya.

jueves, 5 de mayo de 2022

PENSAR UN JARRÓN

 Se sienta en un café queriendo bajar a tierra. 

Ya lleva un cuarto de hora sentada y recién se da cuenta: las flores secas del jarrón son hermosas.

Ha decidido escribir "recién" y "hermosas" porque lleva casi cuatro años viviendo en Argentina y le sale natural, pero es curioso, le da miedo escribirlo, muchos se ofenderían si la escuchasen utilizar esas palabras: muchos de aquí y muchos de allí; muchos de acá y muchos de allá.

En cualquier caso las flores son bonitas, son hermosas, un equilibrio perfecto entre flores secas naturales y flores secas artificiales, o puede que sean flores pintadas.

Antes de ponerse a escribir estaba pensando en otra cosa y no ha visto las flores. Bueno, en realidad, se estaba dejando pensar por ¿otra cosa? Sí, puede que esa afirmación sea más acertada porque, no era ella la que pensaba hace un rato. Algo/alguien la estaba pensando y la estaba llevando adonde siempre, adonde no quería, a pensar y pensarse sin parar y entonces... Entonces sí, ella, y no lo que fuere, ha pensado que si iba a pensar, iba a ser ella quien lo hiciera y que, además, no era pensar lo que quería, quería escribir, y no escribir sobre lo que estaba pensando. Y es ahí donde, como si lo acabasen de plantar delante de su nariz, ha aparecido el jarrón.

No es algo nuevo, le pasa a menudo, podríamos decir que ella vive así. Se vive pensando. Y no "se vive pensando" en el sentido en que se entendería en Argentina, sino en el más puro sentido de vivirse: vivir-se: a se.

Por eso, en  el momento que se ha dado cuenta, porque ahora sí, ahora se da cuenta, ha bajado la mirada de sus pensamientos hasta la mesa y se ha topado con el jarrón, el jarrón que siempre estuvo ahí, o pareciera haber estado porque, ella no podía asegurarlo, en realidad nunca lo vio.

Quizás hubiera sido necesario tropezar con él, cometer la torpeza de tirarlo con el bolso y romperlo para darse cuenta de su existencia. Sí, eso también le sucede a menudo. A menudo no ve las cosas hasta que se rompen o tropieza accidentalmente con ellas en algún sentido, con alguno de los sentidos.

Y ya va siendo hora, piensa, ya va siendo hora de ir cerrando toda esta cuestión del jarrón. Ya la hizo palabra, ya le dio existencia. Ahora queda beber el café que hace un rato espera sobre la mesa y procurar, de camino a casa, no andar por encima de las cosas, no ser pensada de nuevo por lo que sea que le dice "hay que ver cómo te cuesta cerrar los textos", procurar volver mirando lo que está delante y no otra cosa, cosa de no tropezar.



martes, 22 de junio de 2021

OTRA VEZ ESTE INVIERNO


 Otra vez aquí este invierno,

este día clave en que las tripas dan un giro en seco y para adentro,

 y el mundo  afuera se borra,

o se va.


Adoro y no aguanto este invierno

con toda su dulzura blanca y helada.

 

Me fastidian y me acomodo en sus sábanas

pálidas,

de invierno.

 

Otra vez...

Otra vez aquí este maldito invierno sin nada y con todo para dar.

Sin hojas, pero con savia, 

sin frutas, pero con raíces para ahondar en la oscuridad.


Otra vez aquí este invierno, 

este maldito invierno de manta desesperada,

de chocolate a rabiar, 

de no parar de dormir,

de no querer salir de la cama.


Otra vez...

 

Otra vez invierno...

 

Dulce,

amargo,

terrible,

comestible,

odiado y adorado, pero sobre todo maldito y bendito

invierno...

                     invierno...

                                          invierno...

otra vez...




sábado, 22 de mayo de 2021

IMPRESA

Tu impresión era que debías imprimirte para que te vieran.

Ya con tres años agarraste un lápiz de color y te grabaste en el papel. La gente quedó impresionada con tu dibujo y eso lo recuerdas bien, aunque en ese momento no distinguías, ni se te pasaba por la cabeza pensar, en primer lugar y, después, “pensar que”, aquello podía ser tan extremo, o tan importante.

Pero lo era.

No te diste cuenta que aquel día aprendiste que existías sólo por lo que hacías y sólo por lo que hacías bien, con excelencia.

Sería mucho decir que varias líneas y unos puntos desordenados eran la excelencia, pero parecieron serlo cuando con sólo tres años todos quedaron impresionados con aquel dibujo.

En ese momento lo fueron, aunque tú no te diras cuenta y olvidaras, años después, que dibujando líneas y puntos desordenados de colores eras “excelente”.

 

Tu alma se volvacaba en los papeles en blanco. Eso no lo sabías, pero ahora lo sabes, y sigues sin saber por qué los abandonaste.

Por aquel entonces no te importaba ser tan buena, ni si quiera era algo consciente, es más, te escondías entre las patas de tu madre cuando alguien llegaba para decirte lo linda que podías llegar a ser, ni hablar de lo que eras capaz si hablaban de tus dibujos.

Pero algo quedó, porque hoy no puedes dejar de cazar esos likes. Sientes que la necesidad de complacer forma parte de tu disco duro interior y no ves la manera de sacarte esa mierda de encima.

Recuerdas aquel estuche gigante de rotuladores que además tenía sellos que imprimían animales. La tinta siempre se secaba y sólo podías usarlos durante dos días después de abrir la cajita. Recuerdas un caracaol. También había un caracol dibujado en el estuche. Y recuerdas cómo querías que algún día te comprasen el maletín de dos pisos, el que tenía muchos muchos lápices y muchos muchos colores. No te gustaba sacarles punta y que se gastaran, y sufrías mucho cuando veías que el verde o el amarillo eran muchos más pequeños que los demás. Pero por aquel entonces no te juzgabas, sólo sufrías, ahora sufres y te juzgas por igual.

 

Entonces no querías que te vieran y eso no ha cambiado. Juegas a la invisibilidad para seguir impresa, quieres seguir imprimiéndote en las hojas, como sea, en la vida, de cualquier manera, dejar tu rastro, como el caracol, expresar lo que te toque en el día, derramando tu tinta, o tu baba,  o tus palabras, pero que no se te vea, que a ti no se te vea, por favor, no, nunca, nunca así de expuesta.

 


miércoles, 3 de marzo de 2021

Un culo en París

 Hoy volví a soñar con él.

No sé cuando fue la última vez que lo vi, pero de noche me visita seguido.

Esta vez me tocaba el culo. Sí. No suena romántico. Nada que ver con lo que vivimos allí, pero el sueño era así: él me tocaba el culo y me preguntaba a ver si lo tenía como en París.

No sé, muy raro, porque él nunca me había tocado el culo en París.

El caso es que yo muy naturalmente le contesto que no, que claro que no, como si fuera algo evidente, pero al momento me arrepiento y le digo que sí, que claro que sí. 

Siento su mano rozar mi nalga izquierda y entiendo por qué le he respondido así.

Agarro con mi mano tres de sus dedos y todo lo que hace tanto pasó se apodera de mí.

El sueño termina ahí, 

igual que todos las noches,

el sueño termina en París.