martes, 4 de agosto de 2020

Los astros y demás


Hace tanto que no te escribo…


Es como que hace mil que escribir no era lo urgente. Pasaron un montón de cosas, no te haces una idea, y hoy es ese día que


-no puse la fecha, no sé si importa, pero es cuatro de agosto de 2020-


que baja todo.


No quería pensar que es la Luna, porque luego me meto en las páginas que me cuentan que claro, que es que hoy los astros esto y lo otro, y mi fanatismo se despierta, y ya no escribo más.



La cosa es que hoy, como todos los días, me despierto a las 4 de la mañana y me digo “otra vez me despierto a las 4 de la mañana” “QUÉ ME PASA” “PERO YA BASTA ¡QUÉ MIERDA”

Porque no es que me despierte a las 4 de la mañana toda feliz y contenta. No. Me despierto sudorosa, vejiga apremiante, como si no existiera nada más en el mundo que ese pis que tengo que expulsar, y con la parte derecha de mi cuerpo petrificada.


Exagero. Ya sabes, siempre lo hago.


No petrificada como a los veinte, pero sí rígida, contracturada, como luchando o resistiéndose a alguna cosa, o persona quizás... No sabría.


Ya sé, estás harta de escuchar siempre la misma historia que rebota contra las mismas paredes (las frases hechas de mi padre siempre se cuelan en mis letras y cuando las quiero borrar porque no van ni con cola siento una traición tan grande que ahí quedan). 

Bueno, ¿qué sigue? ¡Ah! ¡Sí! Lo del cielo.


Que algo pasa en las alturas estos días o ahí abajo, porque siento que una historia me invade la cabeza y luego se me instala en la tripa y me vuelve a subir en cosquillas para volverme de nuevo loca en las alturas y así. 


Yo la miro y ahora ya aprendí a esperar, porque sé que mientras esté ahí arriba no va a salir nada ahora aprendí a esperar…


Pero es que no sé, hoy es como que se me vino todo encima y no sé cómo gestionar tanta paja existencial. O sea, no sé si paja o vida en cantidad, porque con esto de las Lunas creo que es vida que se me baja de golpe a la entrepierna, y me cuesta tanto parirla, me cuesta tanto, pero eso ya sabías.


La cuestión es que da igual porque si mañana a los astros les da por otra cosa ahí queda toda esa puerta de par en par y yo como una tonta mirándola, y me fijo y otra vez la cabeza con su “todo lo que hubiera podido pasar si los astros otro día, otra cosa” Y así... Y así… 


Y bueno, y ya está y nada más por ahora (comosiestohubierasidoalgunacosafin.)

martes, 16 de junio de 2020

Crónicas argentinas parte VII: El lugar en el espacio


En Argentina cuando no hay lugar significa que no hay sitio.

Escribo esta frase y me cuestiono a mí misma: ¿Ofendería a algún leyente argentino ese “significa”? ¿Debería cambiar “significa” por otra palabra o expresarlo de otro modo? ¿Pensará algún argentino o español que escribo “leyente” porque no sé que se dice “lector”? 

Desde que llegué mi opción fue guardarme la frase entera para mí y, antes aún de llegar, ya empecé con lo de guardarme las palabras inventadas. Ésa y otra tonelada más, cada día, de frases y palabras hasta que aprenda, o desaprenda, que esto se dice así y lo otro simplemente “no existe para los demás".

Mi cerebro abre entonces la cajita de “Variaciones del lenguaje a considerar”: En Argentina cuando no hay lugar significa que no hay sitio. Después van de par en par las compuertas del buque trasatlántico “Palabras Inventadas”: leyente.

Y sigo.

Para mí, en el modo de hablar en el que yo nací, el lugar es un sitio, una ubicación concreta. Sin embargo, hoy me escuchaba a mí misma contándole a alguien que no encuentro mi lugar, que no sé si alguna vez lo tuve en algún lado, y me daba cuenta cómo ese lugar incluía un espacio alrededor mío que nunca antes había imaginado cuando decía no encontrar mi sitio.

Ese espacio supone una diferencia y esa diferencia genera una corriente de aire alrededor que también me alivia y me acerca a algo muy concreto desde un lugar (sitio) muy extraño.

Últimamente no sé ni lo que hablo, así que tremendamente difícil saber qué es lo que escribo, pero lo intentaré traducir lo mejor que pueda.

Antes de venir sentía que debía construir algo. No algo afuera, sino los cimientos de algo adentro, una estructura, no sé, algo.
Ese algo se delimitaba a mí y finalizaba en mi piel. Más allá de esas células se encontraba el siemprehiriente mundo hostil.
El problema era concebirme como sitio y escribiendo es que he podido aclararlo:

No hay lugar, como sitio, sin lugar, como espacio, como espacio entre todos los "algos" que existen de un modo delimitado.

Y aunque no se entienda mucho lo que digo, o más bien sea súper difícil explicarlo, si bien, incluso, no sea esto más que la representación de algo extraordinarimente personal y totalmente desquiciado, lo cierto es que respiro distinto después de contarlo. 

Debe ser que en este país hay algo más de espacio.



jueves, 7 de mayo de 2020

WAR IS OVER


Me levanto, preparo el mate y salgo al patio a jugar con la perra.  
Ya hace frío.  
Pero igual.  
Me levanto, me pongo guantes, gorro, ocho capas de ropa y salgo al patio a jugar con la perra.
  
Desde que empecé con la rutina de iniciar así los días no pocas veces a la hora y media de despertar lloro. 
Desde que empecé con la rutina de comenzar disfrutando de los días, no pocas veces, a la hora y media de levantarme de la cama, se me desencaja algo adentro y lloro. 

Lloro para permitirme seguir estando más o menos feliz.  
Lloro para permitirme.  
Lloro porque llorar me libera de toda imposición,  
de toda autoimposición,  
sobre todo,  
la de ser feliz. 

Hoy lloré porque creí que mi felicidad irritaba a un otro. 
No era así, pero mi disco duro vive rayado en esa canción por haberla escuchado demasiado, 
por haberla consumido hasta el hartazgo en un tiempo en que ciertas sintonías mejor si se hubieran censurado. 

Me equivoco en lo que veo. 
Me equivoco en lo que escucho. 
Y me equivoco en lo que leo en los otros casi todo el rato. 

Vivo equivocada y no me soporto. Y no es el error lo que me saca de quicio, sino su canción. 
Aquella sintonía me enseñó a vivir en otra música,  
en una extranjera emoción,  
censurando mi reacción espontánea, mi gozo, para cambiarlo por un sentimiento adecuado a un otro,  
ese otro cuya energía estuvo direccionada casi al completo en modificar lo que yo era o, con suerte, lo que aún hoy soy. 

No quiero guardar rencor. 
No quiero vivir en el odio. 
Y cada vez que me lo repito, de nuevo me flagelo con los látigos de la censura y la autoimposición. 

Odio y rechazo el odio. 
Me enojo y siento que es una equivocación. 
Me río de algo y, si me miran mal, pienso que estoy equivocada y que es errado que eso fuera gracioso. 

Y cuando ya no aguanto, me preparo el mate y salgo al patio,  
aunque haga frío,  
y juego con la perra, 
y me digo que la guerra ha terminado, 
que soy lo que soy aunque no esté bueno, 
que soy lo que soy aunque no esté malo, 
que soy lo que soy aunque esté malo, y bueno, y bueno, y malo. 

Y si después de todo eso lloro, 
mejor que mejor, 
significa que algo cambió, 
que por un instante estuve en el álbum y tema adecuados. 

Resintonizo y me permito eso que está tan bueno, 
después intento atraparlo, 
y cuando me entra el miedo de perderlo, veo cómo en menos de un segundo se va volando.
Me alejo de la perra y del frío del patio.
Me saco el gorro, las ocho capas de ropa y los guantes, 
me seco las lágrimas,
y me pregunto hasta cuándo.