domingo, 18 de marzo de 2012

Breve historia de lo que se puede ser

- La inteligencia no existe. Es una pamplina, una estupidez, el mayor de los límites que un sistema de falsas creencias nos impone para acorralarnos en nuestras propias vidas y que perdamos la capacidad de crear, de solucionar problemas y así hacernos incapaces, inútiles, ZOMBIS.


Aunque pudiera pensarse lo contrario y sin contexto previo, Juanlo no estaba excitado, ni movía las manos en anárquicos aspavientos cortando el aire irrespirable de aquel tugurio que era la habitación de Glo.

- Nos hacen creer que en la historia ha habido grandes genios, incluso los incluimos en nuestro lenguaje “Claro, claro, es que ése se cree Einstein” Hasta algunos, en círculos de lo que se autoconsideran intelectuales llegan a decir “se cree Albert” Chorradas, gilipolloeces ¡sandeces!  ¡que no!¡que no!¡que no JODER! ¡LA INTELIGENCIA NO EXISTE!

Se podría creer que ahora sí, que ahora Juanlo comenzaba a excitarse realmente, a cabrearse de verdad. Sin embargo, Glo lo observaba tranquila, serena,con un orgasmo entre las piernas y la mano sobre el abdomen. No tan tranquila y serena como las palabras de Juanlo, cuyo orgasmo ya había abandonado la entrepierna hacía rato.

- Exageras Juan, exageras. El otro día no parabas de explicarme frente a la marquesina que no hay dos átomos iguales, que no existe en medida alguna copia de nada, que es absolutamente imposible la repetición de algo. Que no puede ser que se diga que no hay nada nuevo ni lo vaya a haber nunca, cuando cada porción de existencia es nuevamente creada a cada instante ¿Qué hay entonces de la inteligencia? Está Albert y también está tu pobre primo Alberto. Existe, claro que existe y es diferente en cada persona.

Como siempre Juanlo elevaba las comisuras de los labios ante las intervenciones de Glo. En realidad, no las elevaba él, sino su amor hacia aquel ser diminuto, de proporciones diminutas y sonrisa galáctica.

- Nos hacen creer que no podemos Glo. Todo, todos nos hacen creer hasta lo más profundo de nuestro ser que no podemos. Quien ahora esté leyendo nuestra conversación seguro que no imagina ni por casualidad que conversamos sobre su mesa, desnudos, con olor a sexo y vino barato sobre unas sábanas gastadas. Por una parte, porque quien nos crea ha avisado del tugurio infernal que elegimos para nuestros encuentros esporádicos y por otra, porque no cree en su propia capacidad de construirse para construir. Me pregunto de qué servirá que quien nos lea se tome la molestia, si no tiene la menor conciencia de esa capacidad tan únicamente suya de hacer de nosotros alguien distinto en cada lectura.

Glo nos regaló una de sus sonrisas  y Juanlo cerró la puerta feliz, como él es. Y créanme si les digo que Juan Lo ES.

viernes, 27 de enero de 2012

¿Por qué tu boca?



Es como un ruido ensordecedor sin sonido
el mundo, las pelusas bajo la cama,
el miedo, la tía Eulalia

Por qué

si existe la música,
el chocolate sin leche y la fotografía mal hecha a propósito,
por qué tu boca.

La histeria agazapada en los oídos,
las represiones apresadas gritan en la garganta,

no me dejan escuchar nada

a no ser
que salga de tu boca.

Por qué tu boca
si es que dibuja el mundo bellamente,
dibuja las pelusas, el miedo,
y hasta la tía Eulalia

Acalla las batallas de mis tímpanos
y esculpe dulces sueños en mi almohada

Tu boca por qué
Tu boca escucha
Por qué tu boca
Tu boca habla
Tu boca acalla
tu boca
espanta.

Asesina el miedo al miedo
¡Calla!
¿Por qué tu boca?
¿Por qué?

Si quiero escuchar mi voz,
quiero que sean mis palabras la que silencien el amor que se hace agua en los labios de todas tus miradas.
Soy yo quien debe hablar
hacer del ruido sonido,
de estos labios que te aman
y aman tu boca
algo suave,
dulce,
vida,

Calla.

sábado, 21 de enero de 2012

Y Picasso vio el toro

Y Picasso vio el toro.

Hace unos días una exposición que vi en Madrid me desvelaba una de las grandes obsesiones que me acompaña estas dos últimas semanas. Da Vinci lapidó cualquier forma de Arte escrito frente a la pintura. Según él, ningún escritor podría descubrirle mediante palabras algo que él no fuera capaz de observar, ver y después expresar mediante el dibujo.

Los grandes genios albergan en sus cerebros la pureza de la visión, en el sentido más amplio y en expansión de la palabra.

Y Picasso vio el toro.

Para quien lo quiera entender, ese toro de Picasso es un toro de aquí a la República Democrática del Congo. Puede gustar o no, pero no se puede negar el genio que dirige las cuatro pinceladas certeras en apenas veintiocho segundos memorables.

Lo que no tuvo en cuenta Da Vinci es que los verdaderos genios como él dibujan sin papel, son y entienden lo que ven. Su genialidad está en ser universales dentro de una realidad a la que todos tenemos acceso, pero solo algunos, muy pocos, acceden. Al resto nos queda conformarnos con intentar ver y disfrutar de cómo ellos lo hacen.



viernes, 20 de enero de 2012

No necesito que nadie me explique esta silla vacía

No necesito que nadie me explique esta silla vacía a mi izquierda


No quiero saber dónde ni cuándo
ni cómo ni por qué
ni una pizca de ti queda en ella.

Porque cuándo es ahora,
cómo es un modo u otro,
y por qué nunca tiene respuesta.

Detesto este olor a ausencia
las palabras que en el aire ya no vuelan.

Detesto esta silla vacía,
un esqueleto de madera a mi izquierda.

No me hacen falta parches de consuelo, razonamiento o entereza.

Porque el silencio basta para dibujar tu silueta,
es suficiente el recuerdo para rememorar aquel día de fiesta,
las risas, los gritos,
las bromas y las peleas.

Es tan simple como que ya no estás,
tan sencillo como que en esta silla ya no te sientas,
crudo como la realidad
que ya no reposa sobre la madera.

Así que no necesito saber nada más que lo este mueble me cuenta

Que solo ya en mi memoria podrán vivir tus poemas
y que la vida escoge mi silla
dejando la tuya desierta.

domingo, 11 de diciembre de 2011

Rígida y de cartón

Te has sentido rígida,
de cartón,
y poco importa la flexibilidad de tus miembros hechos bola en la cama
porque eres una estatua de carne fría.

Miras tus pies como si fueran de otra
nunca antes los habías mirado así,
en el dedo meñique aparece de pronto un lunar,
aunque siempre ha estado ahí.

Hace demasiado frío para estar sin pantalones
y estás asustada
porque ni buscándote bajo ellos te has liberado de tu condición de figura acartonada.

No es el frío.
No es tu sexo hace tiempo desatendido.

Buscas en tus manos,
tus dedos,
tus uñas moradas ahora con un leve olor a ti misma
y son de nuevo las manos de otra,
sus dedos,
sus uñas.

Llega el momento de la pregunta,
la que se instala de pronto entre tu cuerpo y su huérfana intimidad,
la que te detiene justo antes de la segunda estocada.

“¿Cuándo comenzaste a deshabitarte?”

No lo sabes
y preguntas al espejo.
Su reflejo te muestra por enésima vez a esa otra
reflejo insípido,
anémico,
despojo errante sin habitáculo
de ti misma.
Aunque esa otra siempre ha estado ahí
como una fotografía de carné,
idéntica la imagen de ayer,
la misma sonrisa que mañana.

Entonces empiezas a odiarla
Quieres venganza en una segunda estocada
Gritar que te ha robado tu cuerpo
Sentir de nuevo tu alma
Dejar de ser un nudo de cartón
semidesnudo y frío,
un cuerpo sobre su propio ser rendido y abandonado
en la humedad inodora de unas piernas,
de las que ahora te sientes esclava.

martes, 25 de octubre de 2011

Encuentros

Siempre pensé que todo el mundo tiene algo que contar. No soy una persona demasiado habladora y sin embargo siempre andaba contando, al principio el número de coches rojos que veía pasar bajo mi balcón y más tarde alguna ocurrencia que habitualmente tomaba forma de relato que mezclaba ficción real con realidad ficcionada (que más bien era de aficionada)
El asunto es que estaba convencida de que todos tenemos algo que contar y esos cuentos nuestros, según mi teoría, surgían de los encuentros. De pronto un día uno va por la calle y se encuentra lo mismo con un semáforo con una corbata pintada que consigo mismo. Los relatos de dichos descubrimientos pueden ser de escasa calidad o calidad sublime; todo depende de si uno posee algún cruce genético con ese amigo argentino llamado Julio o está simple y llanamente destinado a colgar ilusionado sus tristes encontronazos en un blog que un par de espectros y algún familiar, por compasión, lee de vez en cuando.
Esta brevextensa explicación no puede culminar sino con un ilustrativo ejemplo de cada uno de los encuentros que acontecieron  mi vida y que más adelante he tratado de ejemplificar de un modo que, por si no se ha notado, aclaro  tenía intenciones ilustrativas.
Cuento entonces que me encontraba yo en una calle paralela a la que alberga el portal que da entrada al cuchitril que habito, no sé por qué ni hasta cuándo, pero al que decidí un día llamar hogar. Estaba yo en esta paralela y me dio por mirar de un modo extraño ( que a juzgar por la mirada de la estereotipada pareja de góticos que pasaba junto a mí podría describirse como maníaco) el nombre de la calle. Las calles tienden a llamarse como la gente, con apellido y todo, o sino, se agrupan por zonas en gremios de cosas. Sin embargo, la calle paralela a la mía tenía nombre de concepto complejo: Calle de la Silenciosidad “Hay un error” pensé, pero no dejé de pensar en la posibilidad de que no fuera así. La silenciosidad. Navegué por mis anémicas neuronas en busca de su posible definición: capacidad de generar silencio entre los demás y para los demás. Algo parecido a la generosidad, pero cuya finalidad es la repartición de silencio. Recordé entonces a algunos de mis compañeros del trabajo, charlatanes incapaces de callar cuando es necesario y cuando no lo es, pero sería un enorme favor en favor del bienestar social e individual. Y recordé también entonces el tema de los encuentros y las historias y los encuentros hacia dentro.
Así que abrí la cremallera de mi chaqueta y metí la cabeza bajo sus fauces metálicas. Con la quijotera sobre mi tórax y algo asfixiada por la falta de ideas, observé que ahí adentro había mucho ruido y pensé que, efectivamente,  la silenciosidad era un bien bien escaso.

lunes, 10 de octubre de 2011

Hictérica perdida

Doña Obsoleta padecía hicteria. En palabras del manual de Medicina Interna de la Universidad de Harvard “Síndrome causado por una inhibición de la segregación de serotonina que se enmarca en un cuadro de ictericia y ansiedad” En palabras de Don Ignoracio, el mejor amigo de Doña Obsoleta “se pone amarilla cuando no le sube el bizcocho”
La hictérica Doña Obsoleta era una paciente en boca de todos en el mundo de la medicina por la peculiaridad de su enfermedad. Habían tenido antes un caso semejante en el que el Jesucristo de mármol del retablo de la Iglesia se ponía verde las vísperas al domingo de ramos. Pero el asunto quedó en el diagnóstico de ansiedad anticipatoria a la agorafobia del Cristo en cuestión. Los médicos recomendaron a las gentes del pueblo ir más a misa y al Cristo ejercicios espirituales previos a la Semana Santa.
 La hicteria de Doña Obsoleta, sin embargo, era de difícil manejo. Don Ignoracio le recomendaba que pusiera más levadura en el bizcocho mientras que los médicos se limitaban a atiborrarla de medicamentos diluidos en refrescos de cola al tiempo que la exponían a largas sesiones de contemplación de hornos en los que se cocinaban bizcochos con bajas concentraciones de levadura.
No había manera, Doña Obsoleta era un hictérica perdida y poco le importaba a ella la cantidad de levadura. Si no subía, no subía y aquello la sacaba de quicio.
Tal era la preocupación popular por tamaño problema que llegó el día en el que tomando cartas en el asunto Don Ignoracio, con la astucia que lo caracterizaba, pensó que sería buena idea sustituir el bizcocho fallido por uno bien hermoso a mitad de la hornada. Pero el pobre hombre fracasó y aquello lo traumatizó de tal modo que desde entonces se dedicó a la producción compulsiva de bizcochos bien subiditos que ofrecía al Cristo cuando se ponía verde.
La vida en el pueblo siguió más o menos hictérica hasta que un buen día llegó a aquel lugar un médico ilustre de los de verdad. Un médico de esos reconocidos en toda la región e incluso en las regiones colindantes; sobre todo las que colindaban al este que es hacia donde soplaba con mayor frecuencia el viento y hacia donde se volaban más palabras. La cuestión es que, como no podía ser de otro modo, el doctor Atoscopio en cuestión, tuvo una gran idea para tratar el mal que aquejaba a la pobre Doña Obsoleta. Habló con Don Financio, que era el encargado de todas las operaciones de importación y exportación del pueblo y le encargó que trajese un horno nuevo a la Doña. Ante el asombro del pueblo entero, la pobre enferma sanó al primer bizcocho de la mañana en que estrenó el horno y según cuenta Don Financio a sus clientas, el Cristo dejó de padecer sus ataques de verdosidad en cuanto recibió la primera ofrenda de aquellos bizcochos.
No sabemos hasta qué punto la Universidad de Harvard ha considerado los hornos de Don Financio como posibilidad de tratamiento de la hicteria, pero en cualquier bibliografía que se consulte la historia de esta patología, veremos que se hace mención especial a la Fábrica de bizcochos el Cristo Verde de Doña Obsoleta y como principales dueños de la patente del  tratamiento de la enfermedad a Don Financio  y a nuestro Ilustre Don Atoscopio, receptor del 25% de las ganancias en la venta de hornos Hicterux.